A menudo escucho quejas de la gente en espacios y redes sociales sobre la poca implicación de las personas en su trabajo; subrayan su poca profesionalidad y lo que es peor, esas críticas se identifican con una marca institucional. No entraré a cuestionar en esta ocasión el grado de responsabilidad que quizás tengan dichas instituciones, sino que atenderé a la conciencia y responsabilidad individual. Para ello relataré sucintamente tres historias de tres profesionales cuyos nombres serán alterados en aras de salvaguardar su privacidad.

 

Alexandra tiene 30 años y trabaja en el mundo de la aviación. Ella es una gran amante de los viajes, las personas y la astrología. Tiene esa parte de locura que la hace increíblemente divertida, vital, niña y adorable. Por otra parte tiene una extrema, en ocasiones, exigencia hacia la perfección en todo aquello que realiza y en especial en el servicio que presta a la aerolínea de la que forma parte. En muchas ocasiones me cuenta con una sonrisa que invade todo su ser -nunca la veo, pero es irremediablemente perceptible- como le llenan de satisfacción los agradecimientos de los pasajeros. Sin ir más lejos, el sábado me contaba como una pareja de ancianos en el trayecto Barcelona-Canarias empezaron a sentirse realmente indispuestos. Ella rápidamente acudió con esa sonrisa y buen hacer que la caracteriza a atenderlos. El protocolo marca unas pautas que ella siguió, pero además añadió un plus en ese trato y que no es otro que tratar a esos clientes como a sus abuelitos (así lo señaló ella en nuestra conversación). ¿Alguien trataría mal a sus abuelitos? Al finalizar el vuelo dichas personas se acercaron emocionadas a darle las gracias en agradecimiento a su atención

 

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“La gente olvidará lo que dijiste, olvidará lo que hiciste, pero nunca olvidará cómo la hiciste sentir” Maya Angelou.

 

La felicidad se contagia y conozco a pocas personas realmente felices poco eficientes en sus puestos de trabajo. Es difícil contagiar felicidad trabajando ocho horas al día en un trabajo que no te gusta.

 

Alicia tiene 27 años y trabaja en el mundo de la enseñanza. Ella sueña con hacer de sus clases un espacio mágico donde alumnos y profesores enseñen y aprendan en paralelo. Se esfuerza por estudiar nuevas técnicas y métodos para ser cada vez mejor facilitadora porque se trata de eso, de facilitar el aprendizaje. Su finalidad: descubrirles a esos pequeños su potencial y desde ahí motivarlos para que sean lo que quieran ser de corazón en su vida. Es más fácil ceñirse a dar clases basadas únicamente en contenidos, ¿cierto?

 

“Yo no necesito que sea fácil, sólo que sea posible” Anónimo.

 

Dentro de un mes va a incorporarse a un nuevo centro y ¿sabéis qué? lleva todo el verano preparando cómo conectar con sus alumnos. No está preparando solamente fichas, ejercicios y exámenes para evaluar (que también dado su exigencia profesional y personal), está pensando en cómo crear un espacio seguro, de confianza donde los alumnos tomen conciencia y responsabilidad de sus actos.

 

Edurne, tiene 33 años  y sueña con surfear y hacer yoga todo el día. Profesional dedicada al mundo del retail durante más de una década, en los últimos tiempos su sonrisa y vitalidad  no eran las mejores para su puesto de trabajo. Por eso decidió reconciliarse con su  “yo” verdadero y girar el volante en dirección  rumbo a sus sueños (parece fácil al leerlo, pero no se gira así como así. Se requiere mucha valentía). Ahora su propósito de vida está más cerca del surf y el yoga. Aunque no ha conseguido todavía esa plenitud que tanto ansía sí ha conseguido lo más difícil, cerrar la puerta a la comodidad y estabilidad y coger las maletas rumbo hacia sus sueños. Ahora trabaja en un hotel paradisíaco, mostrando su sonrisa, don de gentes y buen hacer que la caracterizan.

 

Estas son tan solo tres breves historias de las muchas que podría contar, pero las he elegido porque las conozco profundamente y porque son el ejemplo de tres valientes que pese a las adversidades nunca dejan de perseguir su propósito de vida. Son tres mujeres felices y lo más importante: para mí son felices porque se toman en serio su felicidad y la trabajan en el día a día.

 

Cada día nos cruzamos con multitud de profesionales los cuales valoramos positiva o negativamente, pero rara vez nos atrevemos a decirles a la cara lo poco o mucho que nos han gustado sus servicios; o lo que sería casi una utopía, lanzarles una pregunta de reflexión al respecto.  Todos tenemos derecho a tener un mal día, la cuestión es si ese mal día se convierte en todos los días. No se trata de ir de jueces por la vida, sino de crear conciencia y responsabilidad en las personas para ser esa “gota que colma el vaso” para el giro de volante. Siempre estamos a tiempo de cambiar el rumbo y además de ayudar a otros a hacerlo. La felicidad y eficiencia son responsabilidad de todos.

 

 “Vive como si fueras a morir mañana y aprende como si fueras a vivir siempre” Mahatma Gandhi.